lunes, noviembre 22, 2004

Los cátaros

En el “Parsifal” de Wolfram von Schenbach el Santo Grial, custodiado por caballeros de la Orden del Temple, se encuentra en el castillo de Munsalvaesche, cuyo señor era Perilla. Munsalvaesche es el nombre alemán de Monsalvat, y son muchos los historiadores que han querido ver aquí un claro referente a Montsegur, la fortaleza cátara gobernada por el señor Raimond de Pereille. Se encontrase o no el Grial en Montsegur, lo cierto es que los cátaros o albigenses juegan un papel importante en toda esta historia.El catarismo fue un movimiento religioso que, en el año 1200 de nuestra era, logró desplazar al catolicismo romano como forma dominante de cristianismo en el Languedoc, y comenzaba a extenderse hacia otras partes de Europa, como los centros urbanos de Alemania, Flandes y el Condado de la Champaña.Los cátaros, además de rechazar la crucifixión, aceptaban a Cristo sólo como profeta; apoyaban el conocimiento personal y directo, una experiencia religiosa o mística percibida de primera mano (gnosis); creían en la reencarnación y en el principio dualista de la religión (elementos opuestos y complementarios). Así, existía para ellos un dios “bueno” totalmente desencarnado, principio del espíritu puro, libre de la mácula de la materia; y un dios “malo”, el del poder. La creación de la materia era una manifestación de poder, por lo que el universo era obra de este dios del mal, al que llamaban REX MUNDI (el rey del mundo).No obstante, no todo estaba perdido para los humanos: aún estando hechos de materia, guardaban en su interior la esencia del dios incorpóreo (lo que conocemos como alma) y su labor era perfeccionarse a través de sus reencarnaciones hasta lograr volver a formar parte del dios “bueno” (el “Alma del Mundo” para algunas de las ramas del budismo, que tienen bastante en común con esta religión del Languedoc francés). Los Perfectos o Puros, eran los guías espirituales de esta religión, y para llegar a ocupar ese puesto debían haber pasado por varias reencarnaciones anteriores. Se sabe que las mujeres podían acceder también al estatus de Perfectos, pero sólo si antes habían pasado por una reencarnación masculina.La Iglesia no debía estar muy tranquila con un movimiento semejante cobrando fuerza tan cerca de casa, especialmente cuando éste rechazaba sus principales dogmas y promulgaba una forma individual, personal y crítica de la fe. No es de extrañar pues, que el papa los proclamase herejes y dirigiese contra ellos una cruzada conocida en nuestros días como el holocausto cátaro, que poco tuvo que envidiar a las cruzadas que se llevaban a cabo en tierra santa, aunque con una salvedad: en este caso los Templarios (al menos los de la zona del Languedoc) se negaron a participar e incluso acogieron en sus filas a muchos de aquellos herejes para protegerlos de la hoguera. Tal vez este hecho se deba a que había un gran número de Templarios procedentes de familias cátaras entre los miembros de la Orden en la región.A pesar de todo, la cruzada contra los albigenses fue un éxito y el país de la lengua de Oc quedó arrasado, sus fortalezas destruidas y gran parte de su población condenada a la hoguera o a la espada de los que luchaban en nombre de Cristo… Tan sólo una peculiar fortaleza infranqueable, situada en lo alto de una escarpada colina, permanecía en pie: el castillo de Montsegur, a la que los cruzados sometieron a un implacable y largo asedio. Cuando el hambre comenzó a apoderarse de los cátaros que allí se refugiaban, los cristianos les ofrecieron la oportunidad de rendirse con pocas represalias para los civiles; los Perfectos, sin embargo, serían ejecutados en la hoguera. Los “herejes” solicitaron dos semanas para pensar en el acuerdo y les fueron concedidas. La noche del 13 de marzo, festividad importante para los cátaros y víspera del día en que expiraba el plazo concedido, muchos civiles se convirtieron a perfectos, condenándose así a una muerte segura. ¿Un grupo de fanáticos? ¿O bien seres conscientes de que existía por encima de ellos algo digno de ser protegido?La leyenda dice que, mientras se llevaba a cabo la ceremonia del 13 de marzo, tres Perfectos lograron escapar en mitad de la noche sin ser vistos. Cada uno de ellos conducía una carreta y en ellas (o al menos en una de ellas) se portaba algo de gran valor.Tal vez sea sólo una fábula creada por la imaginación popular, pero explicaría por qué cuatrocientas personas, entre ellas mujeres y niños, sacrificasen su vida en aquella fatídica fecha. Al fin y al cabo, ¿cuántos Perfectos podría haber en una fortaleza como la de Montsegur?¿Nueve, diez? Doce, a lo sumo. Pero cuando los cruzados se topasen con más de cuatrocientos nuevos Perfectos, ¿echarían en falta a los tres que habían partido con las carretas? El secreto cátaro, cualesquiera que fuese su naturaleza, estaba a salvo…

lunes, noviembre 01, 2004

Hijos de Horus

La Biblia dice en el Éxodo que no se deben venerar estatuas, imágenes o ídolos. No obstante, el cristianismo, en su empeño por convertirse en la principal religión universal, ha hecho caso omiso de ésta y otras indicaciones de su Libro Sagrado.
Contra lo que quisieran hacernos creer, la cristianización no fue un proceso sencillo y rápido en el que los fieles descubrían al Señor, eran iluminados y se convertían; y en los casos en los que parecía ser así, como el del emperador Justiniano, se trataba más de una cuestión política que de fe. Por el contrario, el cristianismo no tuvo la aceptación que se presupone, especialmente en aquellos lugares en los que las religiones paganas estaban muy arraigadas entre la población. Allí, no se impuso sino por la fuerza.
A pesar de todo, no es tan sencillo cortar de raíz una tradición que ha pervivido en una comunidad durante generaciones, así que la Iglesia de Roma, en un proceso de varios siglos, se dedicó a adaptarse (superponerse en la mayoría de los casos) a los antiguos cultos: construyó sus templos sobre los altares paganos, renombró deidades y celebraciones (haciendo entrar en escena a los santos) y recreó leyendas que provienen claramente de una mitología anterior.
Pero, ¿hasta que punto no es el cristianismo, desde su origen, una conversión de cultos anteriores? Determinados elementos cristianos son comunes también al antiguo Egipto.
Los egipcios, aunque contaban con diversas deidades, practicaban principalmente un culto a los muertos, a la fertilidad y al dios sol, que se corresponden con la principal tríada egipcia, formada por Osiris, Isis y Horus. Pero el culto a estos tres elementos es universal y, por otra parte, también encontramos tríadas de dioses en las culturas de raíces indoeuropeas. Fuese cual fuese su ejemplo, es un posible antecedente del misterio de la Trinidad cristiana.
Por otra parte, Horus-Re, el dios sol, no era el verdadero nombre de la deidad; éste sólo era conocido por la diosa maga Isis. Los egipcios consideraban, al igual que la Cábala, que los nombres eran la esencia misma de las cosas, y el que conociese el verdadero nombre de dios conseguiría el conocimiento absoluto, la esencia misma de las cosas. Los miembros de la curia y de las órdenes monásticas cambian su nombre al pasar a formar parte de ellas; y en los cuentos del Grial los caballeros Parsifal y Lancelot, buscaban su propio nombre. A Horus-Re se le conocía también por “La Verdad y la Luz”, “El Salvador” o “El Buen Pastor”. Si este dato no es suficientemente evocador, a Horus se le representaba con una aureola o corona alrededor de la cabeza, contaba con 12 servidores (curioso y apostólico número) y tenía la curiosa costumbre de resucitar cada amanecer… Está claro que Jesús no fue muy original.
Por otra parte, Horus tenía una hija, la diosa vaca Nut, cuyo vientre era la bóveda celeste. Es curioso que, para los celtas, el dios-sol era padre de la diosa-madre Brigit (también parte de una tríada), a la que se representaba con un hijo en sus brazos. Una de sus representaciones se encuentra en una hermosa catedral gótica de Francia y se la conoce por Nuestra Señora de Chartres. A estas representaciones de vírgenes (otrora imágenes que veneraban a Brigit) se las rendía culto en templos en los que las vestales mantenían siempre un fuego encendido. Hoy, esos templos se han convertido en conventos, y sus monjas custodian el “Fuego de Santa Brígida”.
Pero, de todos los miembros de la Iglesia, existe un grupo que parece relacionarse con mayor descaro y conocimiento con los antiguos cultos paganos: los templarios. Estos monjes guerreros guardaban entre su simbología elementos como la woivre o el bafomet (cabezas humanas) típicos de los celtas; y las medidas de sus construcciones estaban vinculadas a las de las pirámides de la llanura de Gizé. Un caso concreto lo topamos en la población gallega de Noia (vinculada toponímica y legendariamente con Noé y el Diluvio Universal). Aquí, un templario que regresó de las cruzadas habiendo perdido en Tierra Santa a su hermano, mandó levantar un templete en su honor. Este templete tiene un curioso friso piramidal en el que se representa el ciclo de la vida a través de un simbolismo solar al más puro estilo egipcio.
En fin, estos son tan sólo pequeños datos de muchísimos más que se podrían añadir; pero tal vez sean suficientes para que nos planteemos a quién han estado venerando realmente los cristianos los últimos dos milenios: ¿a Jesús? O tal vez a Horus…